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March 20 De lluvia y lagosNo me gusta la lluvia y sin embargo vivo en Londres.
A los ojos de cualquier persona, esta contradicción me debe convertir automáticamente en masoquista.
Sin embargo esta semana descubrí un encanto en la lluvia que me hizo repensar mi relación con el agua. Ocurrió en "The lake District", en el noroeste de Inglaterra.
A poco más de tres horas en tren desde Londres, el parque natural de La región de los grandes Lagos, en la provincia de Cumbria es un mundo a años luz de la vorágine de la capital.
Las estrechas y tortuosas carreteras me van llevando hacia la base de las montanas que a izquierda y a derecha se elevan majestuosas, ausentes de bosques pero increíblemente verdes. No son agresivas cortadas a cuchillo con vertientes rocosas y picos afilados como si fueran catedrales góticas.
Al contrario, su vocación es mas "románica" con cimas redondeadas en forma de arco de medio punto. Sus laderas buscan el cielo de manera progresiva sin prisas y los senderos que las recorren te invitan a caminarlas sin necesidad de disfrazarse de montañero.
Cruzo Keswick, una pequeña localidad de 4000 habitantes y observo como el conductor de un antiguo autobús turístico a vapor, echa carbón a la caldera haciendo desaparecer la calle dentro de una nube blanca.
Se acaba el pueblo y regresan las montañas a ambos lados del camino a sus pies, 19 lagos de varios kilómetros de extensión van jalonando el valle. En sus cuencas recogen el agua del deshielo y la lluvia que, en todas sus variaciones posibles (llovizna, chubasco, tormenta, tromba) cae incesante durante los meses de otoño e invierno.
Sin embargo aquí la lluvia esta en su elemento. Las montañas la agradecen y los lagos se alimentan de ella. En este espacio natural en donde los humanos somos tan solo circunstancias puntuales no es ético protestar por el clima.
El paisaje cambia de acuerdo con las nubes que, como si fueran directoras de escena, controlan el efecto estético: nubarrones negros para acentuar el efecto dramático, cúmulos sobre las montanas para conseguir el sentido pastoral de la escena y nubes que se retiran para dejar que se filtren los rayos de sol creando el efecto catecismo (al menos esa era la imagen que ilustraba en mis tiempos de estudiante la presencia de Dios en las alturas...).
Y es aquí donde tengo mi revelación en relacion con la lluvia. Me doy cuenta de repente de que lo que no me gusta es la lluvia en la ciudad; sucia, siempre inconveniente, el pavimento encharcado, el viento racheado que voltea los paraguas, los coches que salpican al pasar por encima de los charcos.
Ahora si estoy listo para aceptar el chaparrón. Subo al monte y me mojo mientras camino. La hierba de la ladera huele a fresco. Al otro lado de la montaña me espera un bosque de hayas y cedros que se extienden hasta la orilla de uno de los lagos.
En la distancia adivino las siluetas de las casa de un pueblo diminuto. No hay tienda de comestibles ni iglesia, solo un Pub (en estas soledades una pinta de cerveza negra sirve de alimento y de reconfortante espiritual)
Cae la noche y afuera solo se escucha el silencio roto por el mugido angustiado de una vaca que con el lomo empapado se intenta proteger de la incesante lluvia.
Me dan ganas de salir y explicarle la belleza de la lluvia de campo. Sin embargo me quedo al resguardo, comfortablemente seco al lado de la chimenea.
Si yo estuviera en su lugar también mugiría....
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