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June 26 Praga en blanco y negro
Hay ciudades que me las imagino en blanco y negro. Por alguna razón que supongo tiene que ver con su aire nostálgico, la decadencia de sus edificios, el romanticismo de sus calles, o lo sombrío de su pasado, siento que el color no acaba de capturar la esencia de estos lugares. Praga es para mí una ciudad en blanco y negro. Una ciudad museo en donde cada edificio es una obra de arte y cada torre un recordatorio de su magnifico pasado. Como en muchas de las grandes ciudades Europeas (Paris, Londres, Roma…), un gran río parte la ciudad en dos. En los 17 puentes que lo atraviesan se puede ver la desafortunada evolución de los materiales que nos lleva desde la antigua piedra noble al moderno hormigón armado. Praga tiene palacios, plazas monumentales, catedrales, sinagogas, calles de adoquines antiguos, puentes adornados con imponentes estatuas…y sin embargo me deja frío. Como una señora bellísima que se pasea enfundada en pieles y adornada con joyas pero que siempre mantiene las distancias y te mira con desdén. Quizás fui yo el que no supe entenderla y sacar lo mejor de ella, pero por más que lo intente nunca recibí una sonrisa o una caricia que me hiciera sentir parte de ella. Siempre fría, siempre ajena, consciente de que no tiene que hacer ningún esfuerzo para impresionar. Pero como toda buena familia, también Praga esconde secretos que prefiere no contar. La persecución de los judíos primero por los Nazis y luego por el régimen comunista se puede hoy sentir en el antiguo geto judío. Dos Sinagogas, un museo y el sobrecogedor cementerio judío, el más antiguo de Europa, en el que 12000 tumbas se apilan unas encima de las otras por falta de espacio. Tras la oscuridad , el color vuelve en la llamada “Callejuela de oro”. Lugar de trabajo de antiguos orfebres. En esta pintoresca calle se encuentra la casa (Hoy convertida en restaurante) donde vivió uno de los más brillantes escritores de nuestro siglo: Franz Kafka. Kafka vivió prácticamente encerrado en la “Ciudad vieja” y desde ahí describió y escribió su mundo interior de sueños, y pesadillas sofocantes a veces pero siempre lúcidas y adelantadas a su tiempo. Una pareja de enamorados se besan en el Puente de Carlos. Tres japoneses toman fotos a bocajarro queriendo llevarse cada edificio y cada monumento dentro de su cámara digital de última generación. En un café antiguo una pareja de turistas se miran a los ojos felices de tener como testigos de su cariño a una ciudad tan romántica. Y yo no puedo dejar de pensar en ella en blanco y negro… June 20 Estambul mágica
Las ciudades son a menudo monumentales, históricas, vitales, serenas, opulentas, extravagantes pero apenas algunas merecen el apelativo de mágicas. Estambul es una de ellas. Si alguna vez el cliché favorito de los escritores de viajes “Donde oriente y occidente se unen” esta justificado, es en el caso de esta joya del Bósforo. Mi primera memoria de Estambul ocurrió al atardecer, cuando tumbado en al cama de mi hotel en el barrio de Faith, uno de los más musulmanes, escuché la llamada a oración desde los minaretes de las mezquitas. Primero una, luego otra, distintos tonos, voces distintas imponiéndose unas sobre otras entonando una misma oración. La ciudad entera envuelta por un halo de voces que en un momento me transportaron a otro tiempo. Cada esquina de Estambul es una sorpresa potencial, una mezquita aquí, unos restos de murallas allá, túneles que te llevan hasta enormes cisternas bajo tierra que abastecían a la ciudad de agua en tiempo de los romanos, baños turcos abovedados en donde fornidos hombres de poblados bigotes y brazos como mazas masajean tu cuerpo como quien amasa un pan de 80 kilos, cafés en donde fumar una ”shisha” recostado en almohadones de seda, bazares y mercados en los que llenar los pulmones con cada bocanada de aire de los exóticos de las especias traídas en sacos desde otras regiones de Turquía. Docenas de pequeños barcos zarpan hacia la zona asiática o cruzan el estuario que divide la ciudad de Estambul conocido como “El cuerno de oro” hasta Galata, en donde la torre del mismo nombre sirve de mirador de lujo para contar los minaretes de las más de 2000 mezquitas que salpican el horizonte e imaginar historias (A menudo terribles) que ocurrieron en el harem dentro de los muros del palacio Topaki , en donde cientos de mujeres vivieron, amaron, y murieron sin ver nada más que sus paredes decoradas con ricos azulejos. Por la noche, en la zona de galata, la música en vivo en los clubes fusiona jazz con música turca mientras que jóvenes vestidos a la última consumen alcohol, bailan y apuran la noche. Son las cinco de la mañana. Pronto, la llamada a oración volverá a llenar el espacio sonoro compitiendo con los últimos éxitos musicales occidentales que se escapan de los bares aun abiertos, recordando a los que aquí estamos la dualidad de esta mágica ciudad.
June 13 Mas que llamasBolivia es Altiplano, coyitas con polleras y trenzas, quenas, llamas, mal de altura, arquitectura colonial, hoja de coca …eso ya lo sabíamos, lo que no todo el mundo parece saber es que Bolivia es también selva, ríos, planicies, guacamayos , misiones jesuíticas, música tropical y proyectos de ecoturismo. Y es que los poderosos Andes producen una sombra tan grande que a menudo eclipsa el resto de las riquezas del país. El parque nacional de Madidi es una de esas riquezas y la pequeña ciudad de Rurenabaque la base perfecta para explorarlo. “Rure” vive por y para el rió Mamoré. Por su cauce circulan las pequeñas embarcaciones transportando las provisiones y los turistas hasta las comunidades indígenas que viven a las orillas del río. Son las siete de la mañana y mientras la neblina que aun cubre el río se va disipando me acomodo en la pequeña barca que me llevara río arriba hasta Chalalán, un proyecto de ecoturismo único en el mundo. El nivel del río esta bajo y la barca a menudo encalla entre las piedras. Con la ayuda de pértigas y mucho músculo el patrón consigue ponerla a flote de nuevo. Una familia de capibaras retoza en la orilla mientras que un tapir, alertado por el motor de la embarcación, decide abandonar su baño matutino y alejarse del extraño objeto flotante. En el cielo una pareja de guacamayos sobrevuela la escena. Cuatro horas más tarde río arriba, llegamos a nuestro destino. Cargados de viandas caminamos por la selva durante 30 minutos hasta que finalmente, entre la maleza, aparecen las cabañas de Chalalán. Un poco más allá, el lago que da nombre al proyecto, aparece como un oasis en medio de la selva. Cae la tarde y la tentación de un baño en el lago me puede. Cuando estoy dentro tengo la sensación de ser observado. Sobre el agua varios pares de pequeños ojos fluorescentes me miran. Son caimanes y esta es la hora de su cena. Afortunadamente son lo sufientemente pequeños para que no me consideren parte del menú. Por si acaso abandono el lago antes de que descubran que soy una presa más fácil y con más carne que las ranas a las que están acostumbrados. Chalalán es todo un ejemplo de turismo ecológico y social. Fue creado y es gestionado por los propios indígenas sin intervención exterior. Los beneficios que obtienen de la explotación del eco-albergue se reinvierten en la comunidad de San José entre las 70 familias accionistas de la empresa. En la aldea de San José los niños de la escuelita practican un baile tradicional acompañados por una solitaria flauta y un tambor. Una anciana de 85 años ayudada con los pies hila algodón para luego tejer pulseras . Doña Ermita exprime la caña para hacer azúcar mientras que Jaime empuja una carretilla cargada de bananas hasta la barca que regresa al albergue. Ellos también son parte del proyecto ecológico Chalalán y Chalalán, sin llamas ni Andes, es también Bolivia. June 05 El desierto acompañadoLa tensión se palpa en el ambiente, los codazos de los jinetes y mugidos de las monturas, se mezclan con los murmullos de los espectadores. El sol es abrasador pero por estas latitudes eso no es noticia. Se escucha el estruendo de un trabuco que anuncia el inicio de la carrera y con un galope torpe y desencajado docenas de camellos se lanzan a tumba abierta en un improvisado ‘camellodromo’ oval de varios kilómetros de extensión. Segundos detrás de jinetes y bestias una nube de polvo se levanta en el desierto y hace que por un momento los miles de personas que presencian el espectáculo desaparezcan como tragados por un fino manto de partículas de arena. Estoy en Tamanrasset un pueblo del desierto del Sahara en el sur de Argelia y las carreras de camellos son el plato fuerte de las festividades del lugar. Argelia y fiesta son dos palabras que rara vez se usan en la misma frase pues los más de diez años de guerra civil, la violencia religiosa y el terrorismo resuenan más que las cítaras, los tambores y la algarabía de unas gentes que alejados del escrutinio de los ojos extranjeros viven y disfrutan de unas tradiciones que no han cambiado en cientos de años. Tamanrasset fue lugar esencial de paso y de avituallamiento en un tiempo lejano en el que las caravanas de camellos recorrían el desierto cargadas de sal, especias y telas, aliviadas por la visión de los oasis y guiadas por unas estrellas que en el desierto parecen brillar más que en ningún otro lugar. Este es también el hogar de los Tuareg, los hombres azules (llamados así por ser el azul el color habitual de los velos tras los que ocultan sus caras) o mejor dicho uno de los hogares porque los Tuareg, como buen pueblo nómada , no conocen fronteras y sus territorios se extienden por Mali, Mauritania, Argelia y Níger. El desierto aquí desafía a las postales y la imagen que uno espera de dunas interminables es reemplazada por rocas de todos los tamaños y formas; un paisaje lunar solo interrumpido con paredes verticales de varios cientos de metros de altura. Estos macizos volcánicos de magma solidificado que fueron corazón de volcán hace millones de anos, son el emblema de uno de los desiertos más bellos del mundo. Por la noche, cuando la temperatura del desierto baja a la mitad, arropado con mantas me preparo para disfrutar de la música y de las danzas de los Tuareg llegados de las aldeas vecinas para la ocasión. El mismo desierto, que solo unas horas antes me mostró la absoluta soledad que produce la inmensidad de sus espacios, me ofrece ahora compañía ,amistad y un delicioso te de menta. |
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