Rafael's profileEl Viajero Con-SentidoPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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December 31 Vuelta a casaCada año por estas fechas, emprendo mi viaje más largo.
No mas largo en extensión, (apenas una semana) ni tampoco en distancia, (no más de una hora y media en avión), sino largo en el sentido del trayecto que recorro en el tiempo hasta regresar al lugar donde nací y viví mi juventud varias décadas atrás.
El lugar en cuestión se llama Haro y es un pueblo de apenas diez mil habitantes en La Rioja (España) que permanece prácticamente igual que estaba hace 25 años, sólo que con más cemento y menos encanto, un encanto que no se si lo tuvo alguna vez o se trata únicamente de los recuerdos de una niñez y una adolescencia muy feliz.
Hacer coincidir mis memorias con la realidad es tarea difícil, por eso el regresar a mi pueblo es siempre una extraña experiencia.
Alguien me saluda y me pregunta con la alegría del que reencuentra un viejo amigo por mi vida. No acabo de ubicarle, pero igual le cuento que estoy en Londres desde hace 13 años, que escribo, que viajo…y mientras le cuento, tratando todavía de recordar su nombre o de donde le conozco, observo en sus ojos que la emoción inicial del encuentro se desvanece, pues con cada palabra él se va dando cuenta de que nunca fuimos amigos, quizás conocidos tan solo, gente que en un pueblo pequeño frecuentaba los mismos lugares y a fuerza de verse acaban por saludarse por inercia.
Nos despedimos con afecto pretendido sabiendo que en realidad esta es la primera conversación que hemos mantenido en nuestras vidas.
Esta situación tan extraña me ocurre a menudo, quizás porque cuando vivía aquí jugaba en el equipo local de fútbol y mi cara les resulta vagamente familiar; me conocen pero no saben bien de donde y ante la duda mejor saludar. Yo por mi parte rastreo los bares que frecuentaba en busca de caras conocidas de antiguos amigos en vano, pues la mayoría de ellos, como yo, abandonaron el pueblo hace muchos años.
Todo es lo mismo y sin embargo las sensaciones que me transmiten los lugares no podrían ser mas diferentes: El parque donde me di el primer beso me parece ahora desolado; los bancos donde mis amigos y yo comíamos semillas de girasol viendo a las chicas pasar, abandonados; el río, que cada verano se convertía en escenario de ‘picnics’ a base de tortilla de patata y sandia fresca hoy me parece ajeno.
Por eso cuando regreso a Haro por navidades me refugio en mi casa con mi familia, disfruto de los pimientos rellenos que prepara mi madre, juego al ‘veo-veo’ con mis sobrinos, rebusco en mis cajones fotografías antiguas, bailo salsa en el comedor de mi casa con mi hermana, y las únicas excursiones fuera de mi ‘castillo’ son al campo o a la montaña, lugares intactos en donde todavía la realidad coincide con mis recuerdos.
December 17 Parajes de hielo
“Cada año hace menos frío y por eso la capa de hielo no es tan espesa como solía ser” me cuenta el hombre que atiende el café situado al borde del lago Balatón, el mayor lago de Europa, en el suroeste de Hungría.
Todo es relativo, pues el ‘no frío’ son 10 grados bajo cero y la capa ‘menos espesa’ es de medio metro de hielo. Al parecer, este grosor no es suficiente para que se celebren las competiciones anuales de carreras (¿o se deberían llamar regatas?) de catamaranes sobre el hielo. Pare eso es necesario que la temperatura se mantenga por debajo de los 10 grados durante varios días y que el espesor del hielo aumente lo suficiente como para aguantar el peso de barcas y comperitores.
Escucho lo que me cuenta el señor cuando de pronto observo una imagen con cierto aire surrealista. En medio del hielo, un señor con barba y gorro de lana empuja su cochecito de niño caminando por el hielo como si tal cosa.
A falta de competiciones la superficie inmaculada y totalmente plana del lago se convierte en un lugar de paseo en donde los niños juegan, las parejas se pierden caminando de la mano por el horizonte, los ancianos estiran las piernas en largas caminatas, y los perros se deslizan en frenadas eternas tratando de alcanzar la pelota lanzada por sus dueños.
Será la falta de costumbre, pero para mí la visión de un espacio tan vasto completamente helado, me parece absolutamente mágica. Para los habitantes de este país, me imagino que deslizarse en el hielo en invierno es tan habitual como lo es sumergirse en el mar en verano para un residente de la costa mediterránea.
Por eso, en la capital Budapest, es muy habitual ver a gente caminando con sus patines al hombro en dirección a la pista del Parque Municipal. En la entrada al recinto, un afilador pone a punto las cuchillas que minutos más tardes cercenaran el hielo cubriendo su lisa superficie de cicatrices.
Cundo suena la sirena, los patinadores obedientes se retiran de la pista para dar paso a las maquinas reparadoras que con sus enormes cepillos circulares pulen, limpian y cierran las heridas del hielo con la misma destreza que una ‘esteticien’ aplica sus cremas hidratantes a una piel ajada.
Rejuvenecida y tersa la brillante explanada del hielo, reaparecen de nuevo las hordas de patinadores con la urgencia de ser los primeros en dibujar nuevas líneas sobre la inmaculada superficie.
Las caídas de bruces y las colisiones son la pequeña revancha que se toma el hielo sobre aquellos que se olvidan, que aunque helado, también tiene su corazoncito…
December 06 Una ciudad de cineHay sólo una ciudad en el mundo en la que uno no necesita haber estado para conocerla. Sus rascacielos forman parte de nuestro paisaje urbano y sus taxis amarillos nos son tan familiares como los taxis de nuestra propia ciudad. Me refiero, por supuesto, a Nueva York.
Al contrario que en otras ciudades, lo único que nos puede ocurrir es que nos decepcione el no encontrarnos con lo que esperamos: columnas de vapor saliendo del suelo del metro, una boca de agua reventada en medio del Bronx’con niños jugando a su alrededor o una persecución de coches por las calles de Manhatan.
Eso es lo que tiene el ser una ciudad de cine, una urbe que durante los años y a través de miles de películas y telefilmes, ha vivido dentro de las pantallas de nuestros cines y televisiones y en el interior de nuestras memorias colectivas.
Por eso, cuando desayuno un bagel tostado con queso cremoso y salmón en un pequeño ‘dinner’ de Greenwich Village, en donde una camarera de expéditas maneras con una cafetera de cristal siempre en la mano, rellena constantemente tu taza de café americano (como no!) , me sorprendo a mi mismo mirando a la puerta esperando que en cualquier momento Woddy Allen entre en el local.
Mientras me como un plato de ‘penne a la rabiatta’ en Little Italy , los dos tipos fornidos vestidos con trajes y llamativas corbatas de la mesa de al lado, comentan en voz baja seguramente los resultados del ultimo partido de los ‘Yankees’ pero yo, ya metido en la película, escucho como planean deshacerse de ‘Mike tres dedos’ en el fondo del río Hudson por haberse ido de la lengua. Soy consciente de que todo es producto de mi fantasía y que los tipos seguramente son encantores padres de familia, de todas formas por si las moscas, pago y me voy apresurado pero sin perder la calma no vaya ser que se den cuenta que estoy al tanto de sus macabros planes.
En la avenida de Madison, parado en frente de la catedral de San Patricio, espero un desfile de ‘San Patrick’ que no llega. No es de extrañar, pues hoy no es el día de ‘San Patrick’, pero en las películas que he visto, el desfile de San Patricio, con sus bandas de música, majorets y miles de personas vestidas con el clásico color verde irlandés, era siempre el lugar perfecto en donde confundirse con la multitud y despistar a quien fuera que nos estuviera persiguiendo.
Tampoco en China Town me recibe una cabeza gigante de dragón llevado en volandas por un grupo de chinos en zapatillas rojas mientras en la distancia se escucha el sonido de ‘gongs’ y tambores mezclado con el olor a pólvora de los fuegos artificiales.
Cuando llego a la enorme pista de hielo de central Park adornada por las siluetas de los enormes rascacielos y observo las parejas deslizándose con sus patines cogidos de la mano. A mi espalda un cochero con chistera pasea a unos enamorados acurrucados bajo una manta de cuadros en su carroza, me recuerda el día que también yo me enamore en New York de una bellísima mujer de sagaces ojos oscuros.
Desafortunadamente, siempre existe la posibilidad de que ese enamorado que ‘desayuno con diamantes’ junto a Audrey Hepburn, no fuera yo, sino un actor de alguna película instalada en mi memoria…
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