Rafael's profileEl Viajero Con-SentidoPhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    November 28

    Deteniendo el tiempo

     
     

    En Skopje, la capital de Macedonia, el tiempo se detuvo a las 6 y cuarto un 26 de julio de 1963.

     

    Cada vez que un ciudadano de este lugar tiene que tomar el tren, en la pared de la antigua estación de ferrocarril un reloj detenido a esa precisa hora le recuerda que hace 36 años el tiempo se detuvo durante los 20 segundos que duro el terremoto que destruyo gran parte de la ciudad y acabo con la vida de miles de sus habitantes.

     

    En Macedonia no solo el reloj de la estación nos ancla en el pasado. La ciudad de Ohrid, construida en torno al lago más profundo de Europa y embellecida por algunos de los más pintorescos monasterios ortodoxos de los Balcanes, también nos empuja en el tiempo.

     

    Voy en busca de los monasterios y de pronto como por sorpresa al final de un camino flanqueado por pinos, se levanta la minúscula basílica de Sveti Jovan como si fuera una delicada bombonera de ladrillo.

     

    Como toda cajita de joyas que se precie, en su interior guarda tesoros en forma de frescos ortodoxos cubriendo las paredes: “Esto no es nada comparado con los frescos del monasterio de Treskavec”, me dice un señor con tantos kilos como devoción, “Y donde esta este lugar?” le pregunto. “En lo alto de la  montaña, a dos horas de camino, casi nadie se aventura hasta allí”. No hay nada más excitante para el viajero que tener la oportunidad de ver algo excepcional y apenas conocido. Mañana la montaña será mi destino.

     

    Después de dos horas de trecking entre rocas llego hasta al monasterio. Llamo a la puerta y nadie abre. Parece desierto. Insisto y cuando estoy a punto de darme por vencido, se escucha el ruido de cerrojos y cadenas al otro lado.

     

    Un hombre larguiducho con gafas de aumento y zapatillas de casa abre la puerta y me invita a pasar. En la cocina su mujer aparece con un delantal y un gorro de lana calzado hasta las cejas. Interpretando mi cara de sorpresa, el hombre me explica, en rudimentario ingles, que los monjes abandonaron el monasterio y ahora son ellos los encargados de cuidarlo.

     

    Felices de tener compañía, me invitan a comer con ellos. No se si es el hambre que traigo después de la caminata, pero los huevos revueltos con tocino y setas los recordaré como una de las comidas más deliciosas de mi vida.

    De la despensa y con una sonrisa pícara la mujer saca una botella de Fanta de dos litros y la abre con la misma excitación que si estuviera abriendo una botella de champán francés: “Es la ultima que tenemos, hasta dentro de dos meses no suben las mulas con las provisiones”. Me siento especial y brindo con mi vaso en alto. La ultima vez que brinde con Fanta tenía diez años y era mi cumpleaños.

     

    Por la noche me acuesto en una de las habitaciones de los monjes y me duermo escuchando el ruido del viento contra la ventana.

     

    Al día siguiente después de desayunar el hombre me lleva hasta la capilla. Una puerta de madera y otra de metal más tarde, me encuentro cara a cara con cientos de rostros que me miran fijamente desde la pared. Ensimismado, permanezco durante varios minutos admirando las abigarradas columnas, examinado la mirada adusta de los iconos y recreando las historias que como si fueran un comic del siglo XIII, me cuentan las paredes.

     

    No hace falta un terremoto para detener el tiempo.

     

    Tiempo detenidoFrescos de TreskavecMi habitacion de monjeMonasterio en la montañaBasílica deSveti JovanSveti Jovan en la noche

    November 18


    El antes y el despues


    Caras opuestas de una misma moneda: Una es el presente, con la especulación como bandera y el cemento como arma, la otra el pasado, con su ritmo lento y la naturaleza como única referencia.

    En pocos lugares del mundo es posible ver los efectos del turismo de masas y la especulación salvaje como en la isla de Chipre. Como si se tratase de uno de esos anuncios de dietas en las revistas donde se muestra un ‘Antes’ y un ‘Después’, generalmente a través de una fotografía manipulada para acentuar el efecto, la frontera que divide la isla marca no solo la división territorial, sino también la división entre lo que fue y lo que es.

    Lo malo es que en este caso, al contrario que en las revistas, el ‘después’ es mucho peor que el ‘antes’ y lo que fue una deliciosa isla mediterránea de abundante vegetación y playas vírgenes es hoy un homenaje al mal gusto, a las construcciones baratas en primera línea de playa al turismo de masas.
    Bienvenidos al sur de Chipre, segundo hogar de hordas de ingleses de bajo presupuesto, cuna gastronomica de los “fish and chips”, capital de la borrachera. Todo un ejemplo del efecto destructivo del turismo salvaje.

    Camino por la calle principal de la capital Nicosia y al final de la calle me topo con la frontera que divide la capital de Chipre en dos . La cruzo a pie, sin mayores problemas y me encuentro en la parte de la ciudad en manos turcas .

    Estoy en el ‘antes’. Apenas hay turistas, los habitantes de la ciudad se ocupan de sus negocios tradicionales, como siempre lo han hecho y en la noche los cafés y restaurantes se llenan de gente normal capaces de disfrutar de una cerveza sin necesidad de perder la consciencia.

    Desafortunadamente y como me doy cuenta cuando conduzco por las carreteras rumbo al norte de la isla, el futuro  de esta parte de la isla se encamina hacia el presente del otro lado. En el horizonte, los esqueletos de futuros edificios de cemento empiezan a surgir a lo largo de la costa.
    La única razón por la que la parte Turco chipriota no se ha echado a perder antes es por su condición de estado no reconocido (Únicamente por Turquía) y por tanto no es percibido como un lugar seguro para las inversiones extranjeras. Tarde o temprano el conflicto se resolverá y ese día, empresas constructoras se lanzaran como pirañas a repartirse el botín de un territorio aun por explotar.

    Ligeramente deprimido por esta idea, me escapo a la punta más al norte de la isla, a la península de Karpas a un lugar en donde ver la isla tal y como era 50 años atrás.
    Desde lo alto del castillo de Kantara observo el horizonte limpio de edificios.

    En el camino una manada de burros salvajes me obligan a detener el coche y esperar que atraviesen la carretera. Con un potente rebuzno uno de ellos deja claro quienes son los dueños de este territorio.

    En la playa casi desierta de ‘Golden Beach’ unos cartelitos indican donde se encuentran los huevos de tortugas gigantes que cada año se acercan hasta aquí a desovar.

    Aquí no hay mastodonticos hoteles, sólo cabañas de madera y pequeñas construcciones de una altura. Frente al mar, me alojo en una de las cuatro habitaciones de un minúsculo hotel familiar . A las 11 de la noche se apaga el generador de electricidad y en la total oscuridad el cielo se ilumina con miles de estrellas.

    En el otro lado, en la parte sur de la isla, son las luces de los clubs, los carteles de neon de los restaurantes y los lasers de las discotecas los que iluminan la noche y opacan a las estrellas.

    Entre el ‘antes’ y el ‘después’ yo se con cual me quedo…


    November 12

    Una ciudad fantasma

     
     IMG_4924
     

    Enormes edificios de cemento abandonados, carreteras por las que nadie circula, playas en las que nadie toma el sol, alambre de espino y barricadas circundando una ciudad que no existe en medio de un país dividido.

     

    Varosha, en la isla de Chipre es el símbolo de un conflicto que dividió la isla en dos territorios hasta hoy irreconciliables. Al sur, La Republica de Chipre, habitada por los greco-chipriotas y al norte la Republica Turca del Norte de Chipre, en manos de los turco-chipriotas.

     

    Lo que fuera en los años 70 uno de los más populares centros vacacionales de Chipre, se convirtió, de la noche a la mañana, en una ciudad fantasma, cuando sus habitantes de origen griego, se vieron forzados abandonarla a toda prisa ante la llegada del ejército turco.

     

    Han pasado 34 anos desde el día en que Varosha se convirtió en un bosque de cemento sin habitantes. Declarada zona de exclusión cuando se firmó el alto el fuego entre Grecia y Turquía en 1974, Varosha quedó bajo la jurisdicción de las Naciones Unidas, aunque en la práctica permaneció controlada por el ejercito turco.

     

    Desde la playa de Famagusta y con la cámara escondida desafío los carteles de ‘Prohibido hacer fotos. Zona militar” y aprovechando que el centinela apostado en las barricadas esta distraído, tomo un par de fotos de la ciudad a lo lejos.

     

     No puedo apartar la vista de los grandes edificios de cemento que a lo largo de la costa se levantan hoy como esqueletos que se van consumiendo con los años. Parece imposible imaginar que en los anos setenta, Varosha fuera una prospera ciudad de mas de 30.000 habitantes con sus entonces modernos hoteles frente al mar siempre repletos y sus playas atestadas de sombrillas, chiringuitos, toallas y miles de turistas bronceando sus cuerpos bajo el implacable sol.

     

    Cuentan que los que entraron en la ciudad años después de que quedara abandonada, encontraron luces todavía encendidas, escaparates con maniquíes vestidos con ropas de los anos setenta, y automóviles de marcas y modelos desaparecidos en el resto del mundo, aparcados aún en la calle.

     

    Si fuera posible pasear por sus calles hoy y entrar en alguno de los apartamentos cerrados a cal y canto desde hace 34 años, sería como entrar en una cápsula del tiempo.

     Me imagino las formas redondeadas de los muebles de plástico, las paredes cubiertas con papel pintado de colores sicodélicos, y quizás una foto de una pareja sonriente mirando a la cámara a través de sus enormes gafas de sol. Que habrá sido de ellos? me pregunto Estarán vivos? Quizás, en algún lugar del mundo ellos estén mirando una fotografía similar recordando ese momento seguramente percibido como feliz, aunque sólo fuera por la alegría de ser 34 años más joven .

     

    A la espera de una solución que no llega entre el gobierno Griego y Turco, Varosha se va sumiendo en el abandono con cada año que pasa. Muchos edificios castigados por el clima y la dejadez están a punto de derrumbarse mientras que otros ya son sólo escombros.

     

    Hoy las ratas los gatos y las culebras son los únicos que respiran en esta ciudad sin vida, mientras que en pisos cerrados los retratos de los que allí vivieron van perdiendo su color hasta convertirse en imágenes diluidas, casi sepias, del color del olvido.

     

    Barricadas en la fronteraVarosha, ciudad fantasma, al fondoEdificios abandonados frente a la playaTomando fotos Niña viviendo en la frontera

     

    November 04

    Vocación marinera


    No ocurre a menudo. Pero cuando pasa lo mejor es mirar alrededor con los ojos bien abiertos, disfrutar el momento y dejarse sorprender. Me estoy refiriendo a esa inusual sensación de llegar a un lugar detenido en el tiempo.

    Perast, en Montenegro, es uno de esos lugares. Esta pequeño pueblo marinero con la montaña a sus espaldas y el mar en frente, tuvo desde su origen muy claro que lo suyo era el agua salada. Refugio de corsarios primero y hogar de ilustres navegantes después, Perast vivió sus quince minutos de fama, que diría Andy Warhold, cuando en el siglo XVI se convirtió de la  noche a la mañana en una república de la todo poderosa Venecia.

    En su mayor época de esplendor, alrededor del siglo XVIII, se construyeron palacios barrocos, museos, iglesias y edificios nobles, pero tan pronto como Venecia perdió su papel preponderante en el mediterráneo, Perast se fue apagando , su población emigro y la ciudad se sumergió en un silencio del que aún no ha salido.

    Camino por las callejuelas de adoquín antiguo entre palacios cerrados a cal y canto con escudos de armas desafiantes en sus puertas, mientras que las campanas de la iglesia repican sin energía desde el campanario de estilo veneciano.

    Varios ancianos caminan despacio desgastando sus suelas en los adoquines mientras se dirigen a la iglesia. Son algunos de los sólo 360 habitantes que aún quedan aquí. Desafortunadamente, no hay nadie lo suficientemente viejo para recordar el ilustre pasado de la ciudad , sólo el Museo marítimo con sus escafandras, timones y antiguos mapas náuticos nos da algunas pistas sobre una vocación perdida en el tiempo.

    En la bahía a pocos metros del puerto, dos islas diminutas islas parecen navegar en la distancia. Una de ellas , la isla de San jorge, apenas puede contener en su perímetro un monasterio rodeado por cipreses. La otra, Nuestra Señora de la roca, es tan extraña como la misma historia de Perast.

     Creada de forma artificial sobre restos de naufragios y cimentada a base de arrojar rocas durante un periodo de 550 años, es un testimonio de cómo los marineros de Perast fueron capaces de robarle terreno al mismo mar.

    Cae la noche y decido que me gustaría quedarme disfrutando del silencio e imaginando historias de lobos de mar.
    Una señora me dice que aquí no hay hoteles ni pensiones en donde alojarse.

    Sonrio y me alegro de que así sea. Superando la hazaña de los marineros de antaño, hoy los habitantes de Perast han conseguido robarle terreno al progreso.