Rafael's profileEl Viajero Con-SentidoPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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January 14 Parnaíba bluesLa barca avanza despacio cortando con su proa de madera el agua ocre tintada por el barro y las hojas muertas.
Sobre mi cabeza las ramas de los árboles de ambas orillas entrelazan sus ramas formando un túnel cuyas aristas descienden hasta rozarme la frente. Me agacho y levanto la cabeza de nuevo fascinado por la visión del manglar y adsorbido por su silencio.
En el manglar nada es lo que parece: las raíces de los árboles se creen ramas y aparecen en la superficie. Las ramas retorcidas bien pueden ser serpientes y el tronco que parece flotar en la distancia es la cabeza de un marisqueiro que camina por el río con el agua al cuello. Camuflada tras la apariencia irrelevante de un tallo se esconde una de las flores mas bellas del esta engañosa jungla.
Mi localización, con parámetros de GPS, es: Delta de las Américas/ Parnaiba /Estado de Piau /Brasil.
En el delta de las Américas es el tercero más grande del mundo después del delta del Mekong y del Nilo. No muy lejos de donde me encuentro las aguas dulces del río Parnaiba se fundirán en un abrazo con el océano Atlántico.
Sin embargo, aquí no se escucha aun el ruido enardecido del río en su encuentro con el mar. Al contrario es el sonido de mi propia respiración la que escucho y dejo de escuchar para cuando la contengo para observar a los monos que se pasean por encima de mi cabeza.
Pedazos de barro de las orillas fangosas parecen moverse como si fueran manos negras repicando impacientes en una mesa. Son los cangrejos gigantes que habitan por millares en esta zona y cuya carne es uno de los manjares mas codiciados en el Delta. Capturados por los marisqueiros que viven a orillas del río, la mayoría de ellos acabaran en las mesas de lujosos restaurantes en Parnaíba y Fortaleza.
Otro de los manjares del manglar son las ostras que se aferran a las ramas de los árboles parcialmente sumergidos. Mi guía se acerca a la orilla y con un certero movimiento de su cuchillo arranca un manojo. La punta del cuchillo me sirve ahora para abrir una de ellas mientras exprimo unas gotas de lima en la carnosa ostra. En mi boca se funde el sabor salado del mar con el dulce del río y la acidez cítrica del trópico.
Es hora de abandonar el manglar antes de que caiga el sol. Dejo atrás la barca de Madera y abordo una lancha rápida capaz de negociar las corrientes del río. Esta cayendo la noche y en Parnaiba se adivina el fogonazo de una tormenta eléctrica.
Cuando llego a puerto pienso en el manglar e imagino ese paisaje irreal, envuelto en la noche, con todas su criaturas saliendo de sus refugios para celebrar el frescor que trae consigo el final del día.
Las playas de Brasil son samba, la energía de sus gentes es forro…
Si el manglar fuera música, sin duda sería un blues.
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